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Volve a las raices

Me paré frente al mar y la vida me susurró bajito… vuelve.


Y yo, obediente al llamado de la memoria, regresé al lugar donde todo comenzó:

mi amado Samaná.

Volví a los caminos de tierra tibia, a los ojos brillantes de mis amigos de infancia, que el tiempo no logró apagar, solo encendió con historias y risas viejas.

Nos reencontramos entre abrazos largos, palabras sencillas, y una ternura que no necesita explicación.

Bailamos como antes, con los pies descalzos y el corazón liviano, al ritmo del mar y del recuerdo.

El fogón rústico volvió a encenderse, y entre leña y sazón, las manos tejieron sabores de antaño.

Olor a coco, a café colado lento, a sal y a humo bendito.

La arena me acarició los pies como si aún fuera niña, y el mar, ¡ay, el mar!, me habló con voz de madre: “Nunca te fuiste del todo.”

Porque volver a mi pueblo es volver a mí.

A la versión más pura, más libre, más viva.

Y en ese pedacito de tierra, entre amigos, fuego y océano, descubrí que el amor verdadero siempre sabe volver a casa.


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